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EXPERIENCIAS PERSONALES

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El esplendor en la muerte

Relato sobre amor, en el cual la muerte une a dos almas que ya nunca se podrán volver a separar

Los primeros rayos de sol de aquella mañana de Mayo, inundaron la habitación de Luis. Éste se movió en la cama y abrió los ojos, permaneció unos minutos todavía acostado, después se levantó con parsimonia, vistió un ligero albornoz y se dirigió a su cuarto de baño. Tras disfrutar de una reconfortante ducha y secarse concienzudamente, procedió a afeitarse, perfilando el canoso bigote. Se pasó las manos por ambas mejillas, comprobando así la suavidad de su piel. Comenzó a vestirse, ceremoniosa y lentamente. Primero, una blanca e impoluta camisa y una corbata color burdeos. Luego, un traje azul marino de raya diplomática y unos zapatos negros perfectamente abrillantados. Una vez completando su atuendo, completó la ceremonia con la que se había vestido, contemplando su imagen, en un gran espejo de pie. Se sintió satisfecho y dio por bien empleados los cuarenta y cinco minutos que había empleado en vestirse. Salió de la vivienda y sus pasos se dirigieron a la floristería del barrio.

-Buenos días, Don Luis – saludó la floristera- Va a ver a doña Andrea ¿no es así?

-Has acertado, Rebeca. Para ella, solo para ella, serán los seis capullos reventones de rosas rojas que me vas a poner en un hermoso ramo. ¡Ah! y un clavel blanco para la solapa ¿cómo me ves? ¿crees que mi aspecto será del agrado de Doña Andrea?.

-No hace falta que lo pregunte, Don Luis, Usted siempre luce elegante y distinguido- respondió Rebeca, contemplando la esbelta y alta figura de Luis.

Con el ramo de rosas en la mano y el clavel blanco en la solapa, Luis abandonó la floristería y tomó un taxi. Poco después el automóvil se detuvo ante una gran verja. Luis se apeó y, después de abonar el importe del viaje, se dirigió a una amplia cancelilla que empujó suavemente. Se adentró en un jardín de verdes parterres, bordeados de mirtos bien podados. La fina grava del paseo que recorría, con paso firme  e impaciente, crujía con los pisados. El camino no fue largo, pues Luis se detuvo ante una losa de mármol, sacó un pañuelo del bolsillo con el que limpió, más si cabe, una ovalada fotografía. Era la imagen de una mujer, una resplandeciente y atractiva dama que sonreía amablemente. Luis la contempló, sus dedos la acariciaron suavemente, como alas de mariposa. Bajo la fotografía una inscripción en letras de bronce: “Aquí yace Rebeca Argiol. Una mujer, una esposa cuya alma aún me ama y yo aún y siempre te amaré. Tu esposo que, con su alma, besa la tuya”. Año 1946- 2012 DEP

-Hola Rebeca!, musitó Luis. Aquí me tienes, como siempre puntual y fiel a nuestra cita. ¡Qué bonita te veo! ¡Cómo y cuánto te echo de menos! ¿Cuándo vendrías a buscarme? ¿no ves lo que sufro sin ti? ¿No percibes la humedad de las lagrimas de mi alma? Anda mujer…compadécete de mí y ven a buscarme.

Horas después, Luis abandonó el cementerio, por su móvil llamó a un taxi al que hizo detenerse ante un restaurante cercano a domicilio. Pidió al camarero que pusiera dos servicios de mesa completos y la misma carta, para dos comensales. De la cartera, extrajo una fotografía de su esposa que colocó enfrente de él. Luis mantuvo una imaginaria conversación con la fotografía de Rebeca, sintiendo que ella le acompañaba, como tantas veces había hecho.

Por la noche, recordó a su esposa, nuevamente. Acostado, la imaginó ante él, sintió su presencia, sentía sus caricias, oía sus siempre amables palabras que rezumaban amor.

-¡Ay, Rebeca! si me oyes y, estoy seguro de que sí, compláceme, llévame a tu lado.¿Qué hago yo si no puedo disfrutar de tu presencia? Tú que tanto me has querido y me quieres, une nuestras almas. Te lo ruego, Rebeca.

Luis, ya no despertó, su cuerpo yacía inmóvil sobre la cama. Rebeca lo había venido a buscar.

En el éter, dos etéreas figuras, se desplazaban por un espacio luminosa azul celeste, cogidas de la mano y mirándose amorosamente. No decían nada, no hacían falta las palabras. El amor no habla, siente y ellos lo sentían. La muerte no pudo vencer al amor, la muerte, los unió de nuevo y esta vez, si fue para la eternidad. Las dos almas ya eran felices.

José Ramón Rey, HR San Pablo (Cáritas Diocesana de Córdoba)

Septiembre, 2016

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