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EXPERIENCIAS PERSONALES

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Nunca es tarde para volver a empezar

Relato de una matrona en AFA La Rambla

Mi nombre es Mª del Carmen aunque todos me conocen en mi pueblo, La Rambla, como María “la matrona” ya que toda mi vida me he dedicado a asistir partos. Mi vida laboral se extendió más allá de los 65 años porque antes es lo que había.

Desde que enviudé, vivo sola porque mis hijos viven fuera y mi hija que vive en La Rambla tiene problemas de salud, aunque todos están muy pendientes de mí. Mi hija me visita todos los días y mis hijos se turnan una semana cada uno para pasar el fin de semana conmigo.

Yo me encuentro bien aunque con algunos achaques y despistes propios de la edad ya que son muchos los años que cargo a cuestas (92 años). Paso gran parte del día en casa sin salir a ninguna parte y he estado apunto de caerme en alguna que otra ocasión. Por la mañana tengo una muchacha que me arregla la casa y para que me acompañe de noche.

Ésta ha sido mi vida hasta a mediados del pasado mes de agosto en el que, una mañana engañada por uno de mis hijos, pensando que iba a la peluquería, me llevó al Centro de Alzheimer del pueblo del que ni siquiera sabía que existía para que lo conociera y estuviera allí un rato. Sinceramente me sentó fatal y me enfadé muchísimo con él porque “yo no estoy para eso”, le dije. Me harté de llorar y sentí mucha impotencia al ver que otros manejaban mi vida a su antojo sin pedirme opinión.

Al día siguiente no quise volver a ese lugar aunque todos habían sido amables y me habían tratado bien. Mi hijo volvió a hablar conmigo seriamente y me dijo que no podía estar tanto tiempo sola y sin salir y que el Centro de Día me iba a servir para distraerme. Me resigne y comencé a ir, unos días con más ganas y otros con menos. Todos los trabajadores son muy amables y educados, están muy pendientes de mí, me insisten y me distraen con su conversación para que cada día coma un poquito más porque he perdido el apetito y estoy muy delgada. Me dan mucha confianza para ir al baño, cosa que me preocupaba bastante, dados los problemas en este sentido que tenemos “los viejos”. Poco a poco, gracias al trato recibido, me di cuenta que les había cogido cariño y cuando estoy sola en casa hasta los echaba de menos.

Realizo muchas actividades que nunca pensé que las haría; me hacen gracia y me sorprenden para bien las ocurrencias y habilidades de algunos compañeros y últimamente he recibido gratas sorpresas como, por ejemplo, pasear por uno de los jardines del centro que me parece un lugar precioso. Otro día salimos al mercadillo, cosa que hacía miles de años que no iba, o merendar un trozo de tarta para celebrar el cumpleaños de una compañera. Tal vez para la mayoría de las personas estos detalles no signifiquen gran cosa, pero para nosotros, los mayores es mucho porque ¡nos dan vida!.

Yo pensaba que con la edad que tengo lo único que me esperaba era morirme y ahora me doy cuenta que no, que todavía me quedan muchas cosas por hacer.

Con mi experiencia quiero animar a todas las personas que como yo, son mayores, viven solas y no quieren dejar sus casas, que se animen a asistir a este tipo de centros en los que, durante todo el día están entretenidos, haciendo multitud de actividades beneficiosas para la salud, donde te relacionas con otras personas y donde recibimos muchos mimos y atenciones por parte de todos y ¡que tanto nos gusta a los mayores! y por la tarde, volvemos a nuestras casas porque, como en casa no hay nada.

Autora: Manuela Ruiz Casas

 

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