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EXPERIENCIAS PERSONALES

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Una exposición que aúna presente y pasado

Los mayores del Centro Residencial Alcalde Antonio Pulido de Almedinilla pasan una agradable jornada asistiendo a una exposición fotográfica

El lunes, 17 de octubre acudimos a la exposición fotográfica titulada “La mujer en Almedinilla, presente y pasado”. Nos desplazamos a la Casa de la Cultura como si nos dispusiéramos a ver una proyección audiovisual de nuestro querido “lunes de cine”. Sin embargo, en vez de acceder como tenemos por costumbre al magnífico teatro, nos encaminamos a la segunda planta. Nos quedamos maravillados al entrar en una espaciosa sala y encontrarnos con numerosas fotografías (la mayoría en blanco y negro) de mujeres de la localidad. Pocas veces hemos podido comprobar in situ cómo el pasado puede volverse tan cercano al presente.

Nos sorprendimos al ver que una pantalla de televisión reproducía (al mismo tiempo que estábamos recreándonos en la exposición) el testimonio de una compañera nuestra de la residencia, Pilar, contando anécdotas suyas acerca de la crudeza de la Guerra Civil.

Disfrutamos rememorando los retales del ayer mostrados en las diferentes instantáneas, de tal forma que parecía que volvíamos de nuevo a realizar las labores del campo, o que bailábamos y tocábamos la guitarra alegremente, como chiquillos. Revivimos la época en la que las mujeres se dedicaban a recoger las aceitunas agachadas junto a una espuerta, sin usar fardos, con unos sombreros de paja de ala ancha y, en vez de guantes, cada dedo era protegido por “dediles” (extraídos de las cáscaras de bellotas); mientras que los hombres vareaban con unas largas varas flexibles de madera. A pesar de la dureza de aquellos tiempos, las penas se iban cuando nos poníamos a entonar alguna que otra coplilla o esbozábamos chascarrillos en plena faena del campo. Las mismas coplas y chascarrillos que compartíamos también en la elaboración de la matanza, que siempre se hacía próxima a la Navidad… Cada vez que se acercaba la fecha de elaborar chorizos, morcillas y salchichones, nos reuníamos toda la familia, como si participáramos de un festín, y la tarea se nos hacía muy llevadera.

En cada fotografía se reflejaban los peinados y la vestimenta propia de la mujer de los años cincuenta y sesenta en el pueblo; los momentos felices vividos en las fiestas, a través de unas sonrisas imperecederas; el recato en el seguimiento de las procesiones en Semana Santa.

Hubiéramos permanecido horas y horas allí…

No obstante, antes de abandonar la Casa de la Cultura, visitamos la biblioteca, que se halla contigua a la sala de exposiciones, donde sentimos la sabiduría adormecida en estanterías, que espera paciente ser despertada por voraces lectores. Un broche final, ni que decir tiene, al precioso collar de una serena tarde otoñal.

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