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Jueves, 18 de Abril

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Emigrante

Gracias Bélgica.

Treinta y nueve años en Bélgica, todo eso llevo a mis espaldas, y hoy lo puedo contar con orgullo. Con 22 años, después de venir de Marruecos donde fui a hacer la mili, España estaba sumida en una crisis, en la que no había trabajo. Mi hermana mayor, que ya estaba trabajando en el extranjero, me mandó una carta dándome su dirección y ofreciéndome un porvenir.

Sin pensarlo, allá que fuimos. Estaba recién casado, así que nos fuimos mi mujer y yo. Cogimos un tres hasta París, y otro de París a Lieja. En éste último la policía nos quería echar porque sólo llevábamos 2.000 pesetas y se pensaban que íbamos a robar. Le tuve que enseñar la carta de mi hermana y le expliqué que iba allí no para robar, si no en busca de trabajo. Así comenzó nuestra aventura en Bélgica.

Al día siguiente de nuestra llegada ya estaba trabajando. Mi mujer, sin embargo, tardó unos 20 días, y a punto estuvo de echarla la policía belga a los cuatro días por no tener contrato. Ella trabajó en casa de un médico, cuidando de sus hijos y haciendo las labores del hogar. Los 39 años estuvo en la misma casa, por lo que hicimos muy buena amistad con la familia, que vino a vernos a España en dos ocasiones posteriormente.

Yo era trabajador en una fundición de Zinc, plomo y cadmio entre otros metales. Trabajábamos tres o cuatro horas al día y cada 9 días teníamos uno de descanso. En la fundición había una temperatura de casi 1.000ºC, y se estaba expuesto a muchos residuos tóxicos por lo que no se podía trabajar más horas diarias. Nos pagaban muy bien, unos  30.000 o 40.000 francos por mes (un franco era más o menos 4 pesetas) porque era un trabajo muy duro y peligroso. Dos compañeros se murieron delante de mí por paros cardíacos debido a las condiciones extremas del trabajo.

Había otros paisanos de mi pueblo que no trabajaban casi nunca, se daban de baja y se iban a jugar a las cartas, cuando me veían pasar con la mochila de trabajo me decían: “Ahí va el esclavo”.

Aprendimos a trancas y barrancas un poco de francés pero en la fábrica éramos todos inmigrantes: italianos, marroquíes, austriacos… excepto un jefe que era belga.

Recuerdo el país con mucho cariño, teniendo trabajo, todo el mundo te trataba muy bien, son personas muy educadas. Allí nació mi único hijo, que tiene nacionalidad belga y sabe francés muy bien.

En la embajada española organizábamos muchos bailes, comidas y pasábamos la Nochevieja allí. En una ocasión pagué 37.000 francos para invitar a la familia que tenía trabajando en Alemania (que no tenía tan buenas condiciones) a pasar la Nochevieja allí.

Para mí, Bélgica ha sido el mejor país del mundo. Allí hicimos una asociación que se llamaba “Unión deportiva española de Lieja”, con más de 300 socios todos ellos españoles. Realizamos muchas actividades comunes como viajes y conciertos. Contratamos a artistas de la talla de Antonio Machín, Peret o Isabel Pantoja para realizar conciertos organizados por nuestra asociación. Recuerdo que Antonio Machín cobró unos 600.000 francos en aquella época, alquilamos un palacio de congresos en Lieja y pasó la noche entera con nosotros, además de cantando, contando chistes y hablando con nosotros. Isabel Pantoja en aquella época era muy joven y fue a dar el concierto a Bruselas. Nos llevamos un trocito de España allí y fue todo un éxito. Sólo le puedo reprochar una cosa a Bélgica: la comida, como la española ninguna.

Como consecuencia de mi trabajo en la fundición tengo problemas en la garganta. He tenido secuelas en la laringe y pasé 2 años yendo y viniendo del hospital, a pesar de ello, no me arrepiento de nada.

Gracias, Bélgica, siempre te estaré agradecido y tendrás un hueco en mi corazón.

Lisardo Ollero