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Sábado, 19 de Enero

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Mi vida pasada

Relato de mi vida íntima

Éramos 4 hermanos, yo fui la primera, la niña, los demás todos varones. Siempre demostré ser muy entendida, me gustaba aprender todo y sobre todo quería estudiar. Quería ser una buena hija y hermana. Me hubiese gustado ser maestra, pero más aún enfermera.

Lamentablemente, en mi casa no había dinero para eso, pero yo, todos los libros que caían en mis manos, los leía.

Un tío mío era practicante y, aunque trabajaba en el Hospital de agudos, en su casa tenía consulta. En aquellos tiempos había muchos sabañones infectados y a mí me encantaba ayudarle: se limpiaba con agua oxigenada y luego se ponía yodo, después cuando las pupas estaban mejor se le ponía halibut pomada, y de esta manera se curaban.

En mi colegio la Milagrosa siempre destaqué. Cuando ya sabía de todo me pusieron para ayudar a la monja que estaba con los niños, pues su salud era delicada. Era una clase grande dividida en dos, en una parte estaban los más pequeños y en la otra los mayores. La supervisora me dijo que algo me darían por la labor que estaba haciendo, pero yo era feliz enseñando a los niños. Sor Lucía, así se llamaba la monja, fue poniéndose peor y se la llevaron a una residencia de las Hijas de la Caridad. De esta manera me quedé con todos los niños y les enseñaba Gramática, Matemáticas, Historia sagrada, Geografía… Algunas veces cuando sor Josefa me veía muy apurada me ayudaba un poquito. Además, los sábados tenía que ir a fregar la clase y limpiar la pizarra.

Un familiar que me conocía muy bien leyó en el periódico que en unos almacenes buscaban cajeras y empaquetadoras. Me presenté y saqué muy bien las dos cosas, pero el señor me dijo que la hija de un contable de la casa también se había presentado y que las dos no podíamos trabajar en la caja, así que yo ocupé el puesto de empaquetadora.

Un día, el jefe vino a hacer caja y no estaba bien, así que le dijeron a mi compañera que pasaba al puesto de empaquetadora. Al día siguiente yo de cajera, pero la compañera no estaba conforme con el otro puesto, así que finalmente me quedé yo con los dos, pero con un solo sueldo.

La empresa vendía mucho, sobre todo cuando era alguna fiesta y en Navidad me pusieron a un ayudante.

Un día, el señor que me ayudaba estaba en la puerta esperándome y me dijo: “¿Quiere que la acompañe a su casa?”, “No, muchas gracias, sé ir sola” le dije. En otra ocasión me pidió permiso para beber de un botijo que yo tenía, yo le dije que bueno, pero no he visto más agua que bebía.

Un día, cuando entró un muchacho en la tienda me dijo si podía hacerme una pregunta, “Usted dirá”, le dije; “¿Usted es cordobesa?”. Respondí que era española, andaluza y católica. En ese momento salió el que me ayudaba, se puso a mi lado y me dijo “Pilar, la voy a acompañar a su casa”. Así fue cómo me acompañó la primera vez. Me hablaba de sus padres, de que era viudo y eso le hacía sufrir. Más tarde me dijo que tenía un hijo de 5 años que lo tenían sus padres, pero claro, su padre estaba mal de los pulmones y su madre era mayor y no podían cuidarlo bien.

Un día me dijo que quedáramos para que lo conociera. Él sabía que yo los domingos a las 12 iba a misa a la Catedral. Me trajo al niño y le dijo: “Luisito, es Pilar, si ella quiere será tu mamá”. Él se acercó a mí y me dijo: “Hola, mamá”. Esto me partió el alma, lo besé y lo abracé.

De esta manera comenzó mi andadura con el que sería mi marido. Lo quise mucho y fuimos muy felices.

Mi familia no estaba de acuerdo con la relación, me decían que por qué con todos los pretendientes que tenía por qué razón lo elegí a él, pero yo me había enamorado.

Nos casamos, buscamos la niña, pero como no vino crié a mis 3 hijos, siempre dándole al pequeño preferencia.

Los 3 hicieron la primera comunión, pero a Luis no le estaban bien los trajes de los otros, era más robusto, así que le hicieron un pantalón corto gris, camisa blanca y un chaleco compañero a los pantalones.

Mi marido empezó a variar de carácter, cuando me traía el sueldo del mes él tenía un apartado para sus gastos pero empezó a traer menos. Él decía “no te preocupes, no pasará más”, pero la cosa fue en aumento: bebía alcohol, fumaba mucho y comía poco. Empezaron a salirle unas manchas en la piel, así que fuimos al médico, le dijo que tenía que dejar el tabaco y la bebida. Yo no sabía qué hacer, mi familia me ayudó en todo momento y a mis hijos nunca les faltó el plato de comida.

Cuando dejó de salir ya no era él, fui al médico, pero me dijo que él no tenía voluntad ni fuerza para nada, y así siguió hasta el final.

Yo no quiero que sus hijos sepan nada de la última etapa de vida de su padre, él los quería mucho, pero la vida se cebó con él.

Yo siempre le querré pues fue el padre de mis hijos y el amor de mi vida. Recuerdo que siempre me decía “niña” cuando quería algo, hasta el final de sus días.