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Martes, 13 de Noviembre

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Recuerdos de la guerra civil tal y como la viví

Manuela Moraleda

Me piden que escriba algo para el periódico y, al igual que hace dos años conté encantada mi vida en la residencia, en esta ocasión contaré algo de mi vida anterior, de cuando era joven y tuve que vivir los estragos de una guerra.

Nací en Manzanares (Ciudad Real) en el 1919. Mi infancia fue feliz junto a mis padres, iba al colegio de las Concepcionistas y allí hice mi Primera Comunión. Cuando tenía 10 años, unos maestros pusieron una academia de Enseñanza Secundaria, pues en mi pueblo no había aún instituto. Fui la primera chica en estudiar allí hasta terminar el Bachillerato. Me gustaban mucho las matemáticas y siempre sacaba muy buenas notas. Al finalizar los estudios con 16 años empezó la guerra civil y mi padre, que era procurador de los tribunales, quería que yo me hiciese abogada para que trabajase con él, pero con todo el ambiente que se respiraba en aquella época, no quiso que estudiase.

En la guerra pasamos muchas calamidades, mi padre empezó a tener cada vez menos trabajo, pues en esas circunstancias nadie se atrevía a meterse en juicios. Para poder comer tuvimos que alquilar la mitad de la casa, que era muy grande, y vender muchos muebles. Recuerdo que hasta vendimos ropa que ya no usábamos y con la ayuda de familiares y amigos tiramos para adelante, como se suele decir. Como estábamos en zona republicana, los milicianos nos quemaron el coche que guardábamos en un solar y ardió hasta la cochera, cayendo el techo encima.

Por aquel entonces, a mi novio, que era siete años mayor que yo, lo llamaron a filas y después de estar en el frente lo metieron preso, llevándolo a un campo de concentración hasta que finalizó la guerra. Él me contaba el hambre que pasaban, tanto fue así que se llegaron a comer los dátiles aún verdes de las palmeras y robaban los alimentos en mal estado que tiraban de la cocina.

En el segundo año de guerra mi padre poseía unas viñas, y toda la familia teníamos que ir a la vendimia. Por cierto que allí empezaron mis dolores en las piernas que me han durado toda la vida.

Cuando terminó la guerra mi novio y yo nos quisimos casar, ya estábamos cansados del noviazgo y de las cartas diarias que nos enviábamos, pues él vivía en Úbeda (Jaén) y llevábamos 7 años de novios. Así que al día siguiente de cumplir los 20 nos casamos en mi casa. En el salón tuvieron que improvisar un altar que quedó muy bonito, tuvo que ser de esta manera porque las iglesias habían sido destruidas e incluso el párroco del pueblo tuvo que ir a mi casa para casarnos a escondidas.

Nos fuimos a vivir a Úbeda, donde mi ya marido trabajaba con su padre y vivimos durante 40 años con mis suegros, que me querían mucho como si fuese su hija, y a los que yo quise como a mis propios padres.

Cuando mi marido se jubiló nos vinimos a Córdoba porque vivía nuestra hija ya casada y desde allí, a La Rambla, a esta residencia donde sigo por más de 28 años y hasta que Dios me quiera llamar.